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“Elle” resulta una película vertiginosa, que parece usar tres o cuatro dimensiones,  llena de laberintos y recovecos donde  uno sale exquisitamente desorientado. Cuando se creía tener una lectura del drama o sus personajes, irrumpe algo que nos pasa a otro plano, a otra lectura posible. Es un relato que  no nos permite hablar del bien o el mal y nos cambia los puntos de referencia de manera drástica,  y a la vez sutil,  porque no nos damos ni cuenta cómo es que esto ocurre.

La sexualidad adquiere una plasticidad a toda prueba que se muestra en múltiples formas y facetas, sin destino ni objeto definido, sin edad para. El lugar de “ víctima” da paso a una configuración más compleja, a una serie de articulaciones movidas por Michèle (el personaje central), o bien a una sucesión de eventos y situaciones que podrían ser así o de otra manera aleatoria dada la naturaleza de los hitos.

Algunos puntos que llaman a la interpretación:

Michèle hace a su hijo Vincent,  lo que su padre le hizo a ella, lo introduce –“sin querer queriendo”- en una escena de violencia y locura que parece ser la que le da la bienvenida al mundo adulto, a él que, ingenuamente, parecía no ser capaz de ver ni el maltrato ni la infidelidad ni la manipulación de su pareja (Rebecca).  Un tanto quijotesco, idealizando a una dulcinea que no era tal – al menos no lo era hasta que asoma un instinto maternal que parece ser lo único que la pone a salvo ante el espectador que ya la odia.

Esta ingenuidad de Vincent parece ser por otra parte el resultado de una preocupación mayor, de su “leitmotiv”, de una búsqueda a toda prueba, la de asumir y encarnar la paternidad. Le declara a su madre  que es poder asumir la paternidad la que lo mueve  a sostener su  relación con su mujer, poder comprobar que él sí puede ser un buen padre, frente a lo que su propia madre no responde, no lo confirma, no lo anima, tal vez dado que ella tuvo un padre-monstruo . Vemos así esa alternancia de generaciones: al nieto (Vincent ) le toca terminar de hacer una tarea que su abuelo materno no pudo, acto al final salvífico, porque es como si “el hijo le hubiese devuelto el padre a su madre”.

Vincent ingenuo, tal vez como su padre (Richard) , un escritor de poca monta que corre a los brazos de una mujer porque ella supuestamente reconoce su dote de escritor, lo admira y alaba. Pero esto no era sino que un error y todo se desmantela. Ella lo ha confundido con otro escritor del mismo apellido, nuevo guiño que hace este relato, al lugar de un padre que no se termina de inscribir (el apellido paterno falla). Dos hombres, padre e hijo, en un mundo infantil e ingenuo, sin lograr sostener un trabajo. Tal vez sea la alegoría de hombres castrados, que pagan el pecado de ese hombre primero que resultó monstruoso, el padre de Michèle.

Ella (Elle) por el contrario, una empresaria exitosa,  con su empresa-imperio que es la que hace juegos electrónicos con dinámicas en las que el sexo y la violencia ocupan el primer plano y va sirviendo de  contrapunto o eco a los hechos mismo de la vida de Michèle. El personaje de la película,  deviene también el personaje de uno de los juegos, realidad-ficción comienzan a entrelazarse alternadamente, van y vienen.

El sexo y la agresión se encuentran permanentemente presentes en la película. Michèle que había pedido a su marido que se fuese de la casa porque le pegó,  seguirá atravesando escenas de violencia, desde una de las más tremendas que se pueda suponer de un hombre a una mujer, la violación (escena que abre el film), hasta esa violencia-placer de la práctica sadomasoquista en la que entra sin saberlo, sin advertirlo. Está tan bien logrado este contrapunto entre una violencia y otra, la que se padece como víctima –objeto- de una violación, con la que se comparte consentidamente  como compañera de juego –¿sujeto?- en la escena sadomasoquista,  que de pronto esa escena de la violación, habría podido inclusive –leerse a posteriori- como una escena más del juego sexual entre Michèle y su vecino, llegando incluso a dudar de sí en verdad había ocurrido una violación. Pero el director nos presenta el relato y los hechos de manera tal que en verdad ya no importa, lo central no es ir a averiguar lo que realmente sucedió, no parece tratarse de eso. El film logra desdibujar esos límites tan drásticos y severos que nos permiten ordenar y juzgar las acciones, maniobra que también ejecuta RomanPolanski en su film “La Venus de las pieles” .

Hacia el final del film, Michèle pareciera querer  salir de esta ambigüedad, parece querer comenzar a poner las cosas en su lugar. Confiesa a  su amiga, Anna,  que ella ha sido la amante de su marido por 8 meses. Ana, inicialmente afectada, da paso sin embargo a una complicidad con Michèle que nuevamente deja al espectador sin posibilidades de hacer juicio moral alguno. Se develan las facetas que ha tenido la amistad entre estas dos mujeres, la que partió con un acto que entrelazaría sus vidas para siempre, pues la amiga fue la nodriza de su hijo y el hijo pasó entonces a pertenecer a ambas. También nos enteramos entonces del amorío que existía, o había existido entre ellas,  y así todo se pone “patas para arriba” pero de una manera sinfónica, con lecturas que se entrecruzan, se acompasan o a veces se interrumpen y contrastan. Sorprendente desorden que nos seduce presentándonos una multivía de mil caminos, mil posibilidades, no dejando ganas de accionar un juicio moral que busque imponer “el” orden.

Michèle parece querer poner las cosas en su lugar, diferenciar salud de enfermedad (¿está bien que su violador se convierta en su sádico amante?) Esta mujer sin expresión para los afectos, ni el del terror ni el de la ternura, de pronto quiere poner todo en orden. Junto con la confesión que hace a su amiga, les da trabajo a su exmarido y a su hijo, decide terminar el affaire sadomasoquista con su vecino (y violador), restituciones que culminarán con un crimen, con una muerte. También confesará a la esposa de su vecino-amante-violador que ella estuvo con él y ella, al igual que su amiga, tampoco se enojará, ni la culpará, sino que dará paso a la gratitud, por lo que le dio a su esposo.

Se entrecruzan una y otra vez las lecturas, las posibilidades y, a su vez, las confesiones y el acto final (el crimen) parecen permitir morir a la misma muerte, llegar a “una muerte bien muerta” que sólo entonces le posibilitará llevar flores al cementerio a sus muertos (los padres).

En este film, el evento traumático no deja a una pobre víctima sufriente y marginal, sino que da lugar a una mujer fuerte, sin escrúpulos, exitosa, controladora a un punto tal que parece mover como marionetas a todos quienes la rodean, incluído el vecino sádico y violador.

El film saca pocas risas, una de ellas fue precipitada por el contraste de la sexualidad desbordada de la protagonista y su vecino con la ingenuidad de la esposa de éste, quien vive en el mundo del bien,   como una niña, vive en su mundo “santiguado”, señal de la cruz que también se desploma y deja de significar una garantía, poco significa pues, fue la misma que el padre-monstruo donaba en la frente de su hija y que, cuando no pudo seguir donando, abrió paso al crimen más horroroso.  Pero esa ingenua católica, embelesada en su mundo de Belén, no parecía estar ajena a la realidad y sorprende escuchar cómo sabía del “alma tortuosa” de su esposo y se despide de Michèle, agradeciéndole el bien que le alcanzó a dar, cambiando la reacción celos-ira-venganza que el espectador esperaría, por una despedida serena y agradecida con la mujer que tuvo sexo con su esposo y, de alguna manera, lo llevó a la muerte. Es curioso, nadie parece pasarle la cuenta a Michèle, nadie la enfrenta, excepto su nuera.

La nuera parece ser  la única que enfrentó a ese personaje central que parece estar moviendo cada una de las marionetas a su alrededor, pero sin saberlo, o tal vez sea una marioneta más en dicha escenografía. La nuera, le pelea el amor de su hijo, le dice “perra” a Michèle, es la única que muestra la rabia y la ira que todos los otros parecen más bien contener o atravesar de una manera distinta.

El violador-vecino-amante-sádico es el personaje de los mil rostros (el buen marido de mujer católica, el circuncidado, el vecino humanitario, el amante sádico, el violador … piloto no era, pero aclara: “uno puede soñar”). Tal vez así se des-cubre el sujeto que, tras todas esas etiquetas no es sin embargo nada, o no es sólo uno de esos, y puede transitar por todos ellos dependiendo de la ocasión.

Vicent matando al monstruo de la madre – que era en parte  querido por ella,  como no, si su propio padre había sido monstruoso- logra el paso, a la adultez, a la paternidad. Es como si el hijo cuando le dice a su madre que  “él sabe que puede ser un buen padre”, le dijera que pueden haber buenos padres y que él no quiere seguir el linaje de ese “padre-monstruo” que a ella le tocó y que parece ofrecerle como herencia.

Son muchos los hilos, con múltiples puntadas, no es fácil reconocer cuál ha sido la manera en que esto se fue tejiendo, son muchos los cruces pero el resultado final parece meritorio.

Hay mil cosas más que decir, lo meritorio de “Elle” es que sabe callar y deja hablar al espectador.

 

Ruth Isabel Gaggero

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